PAULA   REBOLLO  ANDRADE    |     Fotografía:   Azar Teatro     |

¿Cómo reflejar los pequeños gestos, lo imperceptible que sin embargo nos construye a nosotros y nuestras relaciones? Azar Teatro lo consigue en Solitos y además lo hace en el más acogedor silencio: a veces las palabras sobran.

La llegada de un inspector trastoca la vida sencilla de una pareja de guardagujas (Mercedes Asenjo y Carlos Tapia) y el nuevo huésped (Isaac Bravo) ha de acomodarse a ese espacio de reproches y te quieros no dichos. ¿O puede que sea el espacio el que tenga que acomodarse a él?

Quizás porque la compañía Azar Teatro le tiene “mucho cariño” desde su estreno (2007) en la Sala Ambigú, Solitos está perfectamente pulida; desde las interpretaciones hasta la entrañable música, pasando por el coordinado juego de claroscuros. Y es que hace falta tan poco como un haz de luz horizontal y un gran estruendo que se aproxima para hacer aparecer un tren en las mentes del público. Perdón, en la escena.

El escenario de Solitos visto desde atrás.

“El progreso es algo maravilloso, pero también se lleva muchas cosas por delante”, decía Mercedes Asenjo. Así sucede con el hogar de los guardagujas, desconcertados porque cada vez pasan menos trenes. El coloquio posterior realizado el 21 de noviembre mostraba la riqueza de lecturas distintas que había hecho la audiencia: para unos simbolizaba la desaparición de algunos empleos o la niñez, para otros, la pérdida de la esperanza… Si existen distintas percepciones, es síntoma de que la obra ha conseguido su objetivo.

Solitos nos llega a lo más hondo por nuestro carácter castellano, ya que el equipo de Azar se centró en las personas parcas de palabras y en lo que cuesta a veces expresarse. El actor Carlos Tapia lo refrendaba, poniendo de ejemplo a sus padres, quienes “se hablaban muy poco, pero se entendían todo”. Asimismo, se inspiran en parte en la película noruega Historias de cocina (2003), en la que un observador es enviado a la casa de un anciano para analizar sus movimientos y así poder construir una cocina lo más ergonómica posible.

Aunque se califique de “comedia”, no se engañen, nada hay en la obra que sea superficial y la historia vendrá presta con las maletas para acogerse en sus brazos. Es más, el final inesperado hace que se vuelva tan real como la vida misma. Con un encanto muy dulce, Solitos está preparada para hacer reír y llorar con esas anquilosadas costumbres que no quieren cambiar y con esas sanadoras relaciones que llegan sin proponérselo.