LAURA CENALMOR SÁNCHEZ | Fotografía: Pixabay |

Cuando tiene lugar un caso que provoca una conmoción nacional, se entiende que los profesionales de la comunicación deben aferrarse a informar y dejar las acusaciones en manos de los expertos en justicia. En cambio, a veces se cruza la línea de la objetividad y son los propios medios los que se encargan de juzgar, opinar y crear tendencias en la masa.

Los juicios paralelos

Los medios tienen en su mano el poder de influir en la formación de la opinión pública de la población. A la hora de informar sobre un suceso, lo más favorable sería utilizar esa capacidad para así contribuir a la creación de una sociedad crítica con una opinión propia y libre. Sin embargo y habitualmente, los periodistas optan por buscar la audiencia antes que la profesionalidad. De esta forma surgen los juicios paralelos.

Se conocen como juicios paralelos al conjunto de opiniones y valoraciones transmitidas por medios de comunicación sobre unos hechos concretos. En estos juicios se utilizan testimonios de personas cotidianas como fuentes contrastadas, aunque no lo sean, para sacar conclusiones sobre la culpabilidad o inocencia de las personas relacionadas con el suceso; y sobre el reproche ético que estas merecen. Así, se desarrolla un aspecto ambiguo de la veracidad y se deja de tener en cuenta el respeto a los derechos de ciertas personas.

Los casos relacionados con personas menores de edad son los que más ‘morbo’ producen. Generalmente, se reconoce que no se debe ofrecer un debate público sobre los aspectos que involucren a los menores en procesos civiles. Además, esto se recoge en el artículo 16 de la Convención de Derechos del Niño de las Naciones Unidas. En cambio, en la práctica esta regla no siempre se respeta. Estos sucesos suelen llamar la atención a causa de su alto nivel emotivo (un valor de noticiabilidad importante). Los medios lo aprovechan para ganar audiencia.

El Caso Alcàsser

El caso Alcàsser fue el primer caso español en causar una gran actividad mediática, hasta el punto de sobrepasar algunos los límites. Se trató del secuestro, violación, tortura y asesinato de Míriam, Toñi y Desirée, tres adolescentes de entre catorce y quince años del municipio valenciano de Alcàsser. Las jóvenes desaparecieron la noche del viernes 13 de noviembre de 1992. 75 días  después, se encontraron los tres cadáveres en una fosa próxima al pantano de Tous. Hace ya 20 años de la sentencia que condenó a Miguel Ricart por el triple crimen, aunque la fuga del otro sospechoso, Antonio Anglés, aún es un auténtico misterio.

Las tres niñas del Caso Alcàsser. Fuente: El Español

Durante y después del tiempo de búsqueda, los medios utilizaron su poder para contactar con los familiares, la audiencia y los testigos del juicio. De este modo se buscaba cualquier testimonio, por inverosímil que pudiera parecer. Un ejemplo fue el programa ‘De tú a tú’, presentado por Nieves Herrero, en el que acabaron por generar una intriga parecida a la que se espera de una serie de televisión. Fue el periodista Víctor Amela quien usó por primera vez el término ‘pornografía sentimental’ para referirse al tratamiento que se realizó de la información.

‘Mientras algunos intentábamos ceñirnos a las reglas que exige el periodismo para ser creíble, otros transportaban cada día a los testigos del juicio a los platós de televisión, donde ofrecían versiones de los hechos diferentes a lo que declaraban ante el tribunal. A tal punto de locura informativa se llegó, que en ocasiones se daba más importancia y credibilidad a lo que estas fuentes decían’, aseguró el periodista Salvador Enguix en uno de sus artículos.

De esto se puede destacar todo el espectáculo mediático que se orquestó en torno al suceso. También como muchos periodistas cedieron a la terrible seducción del periodismo más amarillo y sensacionalista, y dejaron así a un lado los valores propios del periodismo.