ALBERTO DOMINGO SÁEZ | Fotografía: Pixabay  |

La sociedad actual vive en un mundo desarrollado. Cada persona tiene una rutina diaria. Todo el mundo tiene momentos en los que la desconexión es necesaria para poder afrontar el día o la semana de la mejor manera posible. Pero, hay un factor que a veces es un problema y que tiene raíz en la sociedad, cuando se tiene que estar orgulloso de ser ‘diferentes’.

Hay muchos que no toleran a las personas de distinta raza, género, sexo o color. Un problema que no se puede pasar por alto, ya que radica en la educación de esta sociedad. El Programa conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH ONUSIDA, destaca la necesidad urgente de actuar para poner fin a las desigualdades en muchos aspectos, como de ingresos, sexo, orientación sexual, uso de drogas, etnia o identidad de género.

Si se traduce en datos, hay que tener una preocupación mayor, ya que en más del 70% de la población mundial, la desigualdad no deja de aumentar. Eso es lo que agrava el riesgo de división y obstaculiza el desarrollo económico y social.

Al estar al comienzo de una nueva década, hay que destacar que la pandemia ha causado grandes estragos en el modo de vida tradicional. Es decir, ha tenido una enorme influencia en los hábitos de las personas. El COVID-19 ha afectado con mayor dureza a los colectivos más vulnerables. Incluso cuando se dispone de nuevas vacunas, existe una gran desigualdad en el acceso a las mismas. Muchos han equiparado esta situación con el apartheid de las vacunas.

Afrontar las desigualdades y acabar con la discriminación es fundamental también para acabar con el sida. El mundo está lejos de cumplir el compromiso compartido de ponerle fin a esta enfermedad antes de 2030. No es por falta de conocimientos, capacidad o medios para vencerla, sino por las desigualdades estructurales que obstaculizan las soluciones que se han probado en la prevención y el tratamiento del VIH.

Hay que actuar con sensatez y pensar en construir una sociedad mejor en la que todos estos hechos se reduzcan al máximo posible. Todos pueden desempeñar un papel al denunciar la discriminación allí donde se ve, al dar ejemplo o defender cambios en las leyes. Todos tienen un papel que desempeñar para acabar con la discriminación y reducir así las desigualdades.

No se puede lograr un desarrollo sostenible y hacer que el planeta sea mejor para todos si se impide a las personas poder tener una vida mejor. Actualmente, todo el mundo está interconectado. La desigualdad global afecta a todos, sin importar quiénes son o de dónde vienen.