Victor A. Rocafort, transformar el país mediante un proceso constituyente

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Las Jornadas ‘Proceso constituyente: Caminando hacia una nueva constitución‘, celebradas en la Universidad de Valladolid entre el 5 y el 27 de abril, acogieron el día 12 al politólogo Víctor Alonso Rocafort y su conferencia Allanando el camino para llegar a un proceso constituyente.

BEATRIZ CASTAÑEDA ALLER  

El aula de San Isidoro, en la Facultad de Derecho, fue el lugar elegido por el Ateneo Republicano para hablar, el martes 12 de abril, de un tema común entre las paredes del edificio universitario más antiguo de Valladolid: la Constitución. En la conferencia Allanando el camino para llegar a un proceso constituyente, Víctor Alonso Rocafort, politólogo y candidato al congreso por Izquierda Unida-Unidad Popular, expuso los pasos necesarios para transformar el sistema actual, que califica de oligárquico, en una república caracterizada por una democracia real.

El ponente, involucrado desde la juventud en movimientos estudiantiles y con una trayectoria docente que lo ha llevado por diversas universidades, se mueve ahora en el panorama político, desde donde defiende una reforma de la Constitución, ese documento aparentemente inamovible. Además, se pueden consultar sus reflexiones en sus colaboraciones habituales en Eldiario.esen sus publicaciones en el blog Colectivo Noveccento o en su libro Retórica, democracia y crisis: un estudio de teoría política. 

“¿Cómo allanar el camino para llegar a un proceso constituyente? Es un tema complicado porque es una labor complicada”, comenzó diciendo el politólogo. Sin embargo, en la hora y media que duró su ponencia, el candidato al Congreso dejó más que claros los pasos necesarios para lograrlo. Para ello, primero explicó las razones por las que podía considerarse que vivimos bajo un régimen oligárquico y por qué es necesario transformarlo.

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El régimen oligárquico: el gobierno de los pocos

“Régimen oligárquico” es una expresión que se ha vuelto muy popular en los últimos años y que, debido a la gran carga de significado que encierra, despierta una gran polémica. Y es una polémica justificada si tenemos en cuenta las connotaciones que se atribuyen al término régimen, comúnmente asociado en España a la dictadura franquista, y la revolución que supone aceptar que la democracia (gobierno del demos, del pueblo) en la que vivimos puede no estar haciendo demasiada justicia a su etimología.

Sin embargo, no existe otro término para definir la auténtica esencia de una sociedad, más allá de lo meramente institucional. “Régimen es algo más que legal, algo más que institucional; alude al carácter, al ethos. De aquí deriva la idea de ética, ese carácter que domina en una comunidad política, en una sociedad determinada”, apuntaba Rocafort. De esta forma, se puede hablar de un régimen que tenga una Constitución democrática y, sin embargo, en su funcionamiento cotidiano se comporte como una oligarquía. Por lo que, a pesar de lo que ponga nominalmente en su constitución legal, será una oligarquía.

La propia etimología de la palabra oligarquía da pistas de su significado: el gobierno del oligos, de los pocos. Sin embargo, Aristóteles apunta que lo primordial no es que el gobierno se ejerza por parte de muchos o pocos, sino la existencia del poder material. Es decir, que es un gobierno en el que aquellos que tienen la riqueza (que en las comunidades políticas suelen ser los pocos) son los capaces de traducir ese poder material en poder político. La defensa de la gran propiedad y los grandes ingresos es lo que va a unir a los oligarcas bajo el mismo interés material que, transformado en influencia política, va a convertir un régimen en una oligarquía.

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Nuestro régimen… ¿es un régimen oligárquico?

Aclarado el significado de la expresión “régimen oligárquico”, cabe preguntarse si nuestra sociedad convive bajo estas condiciones. Por ello, Rocafort señala los elementos democráticos y oligárquicos que se observan en la misma.

Las elecciones son comúnmente consideradas un signo de democracia, sin embargo, en la Atenas clásica eran consideradas un elemento oligárquico. Esto era así porque se daba por hecho que, puesto que para presentarse a unas elecciones es necesario disponer de una gran suma de dinero, se favorecía a la oligarquía. Si a esto le sumamos el hecho de que recientes estudios demuestran que, al aumentar la desigualdad, las clases populares se desalientan y no participan de la política, se comprueba que, efectivamente, las elecciones pueden no invitar a la participación popular en la política. Por el contrario, el elemento democrático en la cultura helénica era el sorteo, que apoyaba las capacidades políticas fundamentales que todos poseemos. “La desigualdad está creciendo y las elecciones no están resolviendo el problema”, según asegura el conferenciante.

En cuanto a las libertades fundamentales, Rocafort ponía de ejemplo reformas como la ley de seguridad ciudadana para afirmar que “aunque se sigue disfrutando de un amplio abanico de libertades, siempre existen estas ‘marchas atrás‘ a las que nos fuerzan cuando se encuentran con ciertas resistencias”. Por el contrario, se observa en nuestras comunidades políticas que se repite un pacto civil oligárquico en el que se deja al Estado el monopolio de la violencia y el poder a cambio de que convierta en tabú el debate sobre el derecho a la propiedad. Según apunta el politólogo, “nos gobierna un conjunto de representantes políticos que están más vinculados a los intereses materiales de los oligarcas que a los del ciudadano”.

Por último, basándonos en las enseñanzas aristotélicas, el elemento definitivo para desentrañar la naturaleza de un régimen es el ethos, la ética de una sociedad. Este ethos se basa en cuestiones de justicia y de felicidad. La justicia oligárquica afirma que es justo que los ricos manden, lo que está asociado al triunfo de la meritocracia, la idea de que habrá una recompensa ante el esfuerzo y el talento de cada persona. Sin embargo, según apunta Rocafort, “en los estudios se observa que la mayoría de los poderosos proceden de clases sociales altas con grandes contactos y que personajes como Bill Gates o Steve Jobs conforman un ínfimo porcentaje”. Por otra parte, la felicidad oligárquica consiste en asegurar que la felicidad se alcanza mediante la acumulación, esa expansión por la expansión tan propia de nuestro capitalismo. “Tenemos, por tanto, una sociedad oligárquica, un régimen oligárquico, y la necesidad de transformarlo”, resume el politólogo.

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Una puerta hacia una salida democrática

Los elitistas clásicos afirman, desde la Ciencia Política, que siempre una minoría organizada va a gobernar sobre una mayoría desorganizada. Esa minoría es lo que se denomina “élite”, que puntualmente puede renovarse mediante rebeliones surgidas en la masa que traen sangre nueva. Esta renovación es ese cambio que tanto se escucha en el panorama político actual. Rocafort argumenta que “la renovación de las élites en muchas cosas es mero cambio. Se mejoraran algunas cosas, algunas reformas cosméticas, pero seguimos en un cambio de élites: cuatro decidiendo por todos, una minoría sobre una mayoría”. Por ello plantea la transformación por encima del cambio.

Desde el 15M, se observa dicha transformación en el ethos, en la ética de la sociedad. “Marcó un antes y un después. Puso sobre la mesa muchas ideas nuevas, una implicación ciudadana diferente que tiene que ver con la solidaridad, la cooperación y la amistad política”, afirma Rocafort. Por tanto, la ética del régimen está comenzando a cambiar, pero es necesario trasladar esa transformación al ámbito legislativo.

Desde Unidad Popular-Izquierda Unida se propone una serie de etapas para alcanzar un proceso constituyente, que pueden consultarse detenidamente en una página web que han habilitado a tal efecto. Son acciones que se han enumerado en función a lo establecido en la Constitución y a partir del estudio de otros procesos constituyentes en diferentes partes del mundo. La transformación pasaría por una consulta previa, una campaña para exigir que las Cámaras llevasen a cabo el proceso, la autodisolución de las mismas, la convocatoria de elecciones a las Cortes Constituyentes, la conformación de un gobierno provisional y, por último, la puesta en marcha de un referéndum de ratificación.

Como comenzó diciendo Rocafort, es una labor complicada. Sin embargo, concluyó la conferencia con optimismo al afirmar que “la revolución política del siglo XXI ya no consiste en asaltar el palacio de invierno, no existe. Y, aunque lo encontrásemos, el poder actualmente está mucho más disperso. La violencia de las revoluciones antiguas no es el camino, sino la transformación radical del régimen político con paciencia, perseverancia y con mucho coraje. Sobre todo, con mucho coraje”, repitió antes de que la sala se inundara de aplausos.

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