El viaje por lo grotesco de Roland Topor

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ALBA DACUÑA GONZÁLEZ  |  Fotografía: Alba Dacuña  |
Son numerosos los artistas, independientemente del contexto, que podrían considerarse como versátiles y multifacéticos: desde  Goethe, Da Vinci o Miguel Ángel hasta Picasso, Lorca o el mismísimo David Bowie. “A los tres años quería ser cocinero. A los cinco quería ser Napoleón. Mi ambición no ha hecho nada más crecer y ahora es la de hora llegar a ser Salvador Dalí. Por otro parte, a medida que me acerco a Salvador Dalí, él se aleja de mí”. Así se veía a sí mismo el famoso pintor surrealista. De hecho, esta cita podría aplicarse sin ningún problema a otra figura influyente en el panorama artístico ya no solo francés, sino también mundial: Roland Topor, cuya obra hemos podido apreciar estas últimas semanas en Valladolid.
Topor, nacido en París en 1938, se dedicó a la ilustración, a la pintura y al dibujo durante gran parte de su vida, así como a la escritura y al cine. “Topor era un genio polivalente. Lo hacía todo: escribir, dibujar, cine…”, afirmó Alejandro Jodorowsky como fundamento del talento del artista en las diversas disciplinas. En la muestra de más de 50 obras, expuestas en la Sala Municipal de Exposiciones de la Iglesia de Las Francesas desde el 30 de agosto, se pretende hacer un sincero homenaje al polivalente personaje: “Humor y Vanguardia. 20 años sin Roland Topor”.
Estudió de joven en la Escuela de Bellas Artes de París pero ya estaba familiarizado desde pequeño con el mundo de las caricaturas, en parte gracias a la influencia de su padre. Se dio a conocer con la revista Bizarre, así como colaboró en otras como Hara-Kiri o Elle. Además, perteneció y fundó el Grupo Pánico de 1962 junto con otros creadores y amigos como Fernando Arrabal, Alejandro Jodorowsky o Jacques Sternberg. Toda esta experiencia adquirida a lo largo de los años le permitió ganar un bagaje multidisciplinario extraordinario y marcó su carrera artística con un humor negro y provocativo característico, así como por una idiosincrasia surrealista y rebelde que rehúsa agradar al público.
"Las nueve Gracias" I a VI de Roland Topor, 1993. / Fotografía: Alba Dacuña
“Las nueve Gracias” I a VI de Roland Topor, 1993. / Fotografía: Alba Dacuña

El resultado fue un extenso conjunto de obras donde no esconde su afán por lo grotesco y lo ácido. Aunque estamos acostumbrados a asociarlo solamente con el estilo burlesco que acabamos de comentar, encasillarlo dentro de las corrientes artísticas de la época en realidad no es tarea fácil, precisamente, por su inabarcable trayectoria repleta de personalidad: fue un soplo de aire fresco entre las cálidas y templadas creaciones mayoritarias del momento. Nadie había hecho nada parecido, a pesar de tocar temáticas clásicas como la vida y la muerte o el sexo.

Tal y como revela la exposición, vemos en sus dibujos una serie de caricaturas e ilustraciones que son un ataque directo a la conciencia de cada persona por la intención reflexiva que esconden sus trazos. En Las nueve Gracias (1993) observamos los bocetos de nueve mujeres cuyos cuerpos, a pesar de recordarnos al de la diosa Venus, están deformes y desproporcionados; en Cielo abierto (1976), la cabeza de una mujer abierta con una pequeña niña dentro y con otro niño colgado de la nuca, ejerciendo algún tipo de contrapeso hacia atrás; en los atravidos linograbados de Rebonjour Roland Topor: I a X (2010) nos muestran varios dibujos de contenido sexual y satíricos, libres de vergüenza (como por ejemplo, el de las piernas abiertas de una mujer que nacen a partir de la cruz de una iglesia). Todos ellos son vivas pruebas del intencionado mensaje crítico y de la voluntad de sembrar atención o incluso algún tipo de debate moral por parte del autor.
"Rebonjour Roland Topor" I a X, 2010. / Fotografía: Alba Dacuña
“Rebonjour Roland Topor” I a X, 2010. / Fotografía: Alba Dacuña
Pero no solo se dedicó a dibujar sobre papel o a realizar litografías, xilografías o incluso postales, sino que también se sumergió en el mundo cinematográfico hasta el punto de protagonizar un cortometraje dirigido por Pol Bury: El arte ilustrado (1976). Vemos en la pantalla de la sala que se trata de un repaso, bajo su actuación jocosa, de los distintos tipos de corrientes y términos artísticos: para explicar el arte bruto decide tomar el sentido literal de la palabra y morder un brazo que aparece en pantalla; y para definir lo que es la carrera artística opta por tirarse de un tobogán con música patosa de fondo. Además, realizó distintos carteles de películas como Esas que no tuvimos de Pascal Thomas, ¡Viva la muerte! de Fernando Arrabal o Los frutos de la pasión de Shûji Terayama y el cartel promocional de 1997 del conocido “Mes del Grabado llevado a cabo en París”.
Por otro lado, entre sus escritos  destacan el guión del film El planeta salvaje (1973), dirigida por René Laloux y para la que también creó los dibujos originales; su novela El quimérico inquilino, que fue adaptada al cine por Roman Polanski en 1976; y sus famosas Cien buenas razones para suicidarme de inmediato en las que trata la temática del fin de la vida de una forma que oscila entre la broma y la seriedad.
En definitiva, con esta recopilación de los frutos que brotan de una mente que veía el mundo sin tapujos y que veía lo obsceno como algo natural a la par que irrisorio, se observa cómo la innovación sin precedentes de Roland Topor marcará un antes y un después, tal y como dijo Fernando Arrabal en su momento: “como dibujante es el maestro de su generación: es el artista más copiado y más plagiado, como si el mundo entero le ofreciera un silencioso y sistemático homenaje”.
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