MARÍA ROMERO JIMÉNEZ | Fotografía: Pixabay |

Tras el fallecimiento del cantante Àlex Casademunt, el pasado 1 de marzo en un accidente de tráfico, las redes sociales y los medios de comunicación se han llenado de mensajes amarillistas.

Programas como Sálvame, están caracterizados por este tipo de contenidos. Tras el suceso mencionado, una amiga del cantante acudió al programa para ser entrevistada. Su destrozada apariencia y los ojos llorosos por la pérdida del triunfito se convirtieron en los protagonistas de la tarde. Además, dedicaron más de una hora a describir cómo era la personalidad del artista. No obstante, para darle más repercusión al tema, al día siguiente grabaron las declaraciones de la familia y de los amigos del cantante después del entierro.

A día 5 de marzo aún continuaban con la noticia de la muerte del artista. Ahora, se han centrado en la figura de una persona cercana al conductor del autobús con el que Àlex Casademunt colisionó. Esta vez, el allegado le explicaba al reportero qué recordaba del accidente.  Acto seguido, el periodista realizó en coche el último recorrido que hizo el artista para ver qué es lo que podía haber pasado en el choque. Además, acudieron a Cocheras para ver el estado del autobús involucrado en el accidente.

No es la primera vez que, en casos trágicos como este, los medios de comunicación sobrepasan todos los límites de la deontología profesional a sabiendas del daño que puede infligir a las familias de las víctimas. Muchas empresas informativas acuden al sensacionalismo y rebasan el hecho de dar una noticia.

En el ‘caso Julen’, el niño que cayó a un pozo en Totalán, los medios de comunicación grabaron el streaming en directo del ‘rescate’. Mantuvieron una tensión pseudoinformativa cuando no se registraban novedades, con intención de mantener el dramatismo. Además, hicieron conexiones en directo sin novedad informativa y utilizaron la reiteración de imágenes y entrevistas sin valor noticioso.

La Comunicación Aumentativa y Alternativa, CAA, reitera que ‘la información es un derecho y no puede convertirse en un instrumento al servicio del espectáculo en búsqueda de audiencia y publicidad’.

En otro caso como el de Diana Quer, algunos medios de comunicación difundieron imágenes y fotografías del cadáver cubierto con una sábana. El padre de la joven se preguntó: ‘¿Era necesario?’. La pregunta se responde por sí sola. ¿Hubiera publicado el director de ese medio fotografías si se tratase de su hija?”. Juan Carlos Quer pidió a los medios huir del amarillismo. Y es que su ropa, sus relaciones y sus publicaciones en redes sirvieron de excusa en las televisiones para culpar a la joven de su propia desaparición.

Y es que, algunos programas de televisión aprovechan el morbo en las entrevistas para aumentar los niveles de audiencia. Un ejemplo de ello, es el caso de Marta del Castillo, donde incluso obtenían imágenes de redes sociales. O el suceso de ‘La Manada’, donde la cadena Trece emitía fragmentos de los vídeos grabados por los hombres que violaron a la joven.

En definitiva, la ética de un periodista y la deontología que impone un medio deberían ser suficientes para que este tipo de tratamiento informativo no tuviera cabida. Es fácil, rebasar la frontera entre informar y sensacionalizar. No obstante, la labor de un buen profesional consiste en comunicar la realidad de la forma más fiel a los hechos y evitar caer en dichas tentaciones .