AINHOA JIMÉNEZ ARRANZ  |  Fotografía: Olga Rodríguez  |

Olga Rodríguez es una periodista especializada en información internacional, Oriente Medio y derechos humanos. La leonesa lleva más de 20 años en el mundo de la información, tiempo en el que se ha labrado una gran carrera periodística: es cofundadora del medio digital eldiario.es, donde se ha encargado de la sección Desalambre, enfocada a los derechos humanos. Además, ha trabajado como adjunta a la dirección de este medio y contaba con una columna de opinión semanal en el mismo. También ha trabajado en otros medios de comunicación como la Cadena SER, Cuatro o CNN+. Y ha sido colaboradora en otros tantos como Público, Periodismo Humano, El País o RNE.

Una reportera de guerra, entre sus muchas dedicaciones dentro del oficio, a la que no le gusta el término. Pues, a pesar de haber dedicado gran parte de su vida a cubrir conflictos bélicos como la segunda intifada palestina, la guerra de Irak, las revueltas árabes, etc., preferiría ser corresponsal de paz. Pero, como esto no siempre es posible, se ha dedicado a hacer un “periodismo comprometido” que denuncie la situación que viven las personas en las zonas de conflicto. Un trabajo, entre otros, que se le ha reconocido con diversos premios periodísticos, el más reciente, en 2018, Premio Pimentel Fonseca en Italia, por su defensa de los derechos humanos.

P: Eligió el periodismo porque quería independencia y en Valladolid no había esa carrera, pero al final acabó siendo una periodista con mucho trabajo detrás, incluso, dedicándose al periodismo de guerra, ¿cree que su vida hubiera sido diferente si hubiera tenido periodismo en Valladolid?

R: No tengo ni idea. No sé si hubiera estudiando periodismo, aunque he de decir que mis padres siempre han sido periodistas y llevo mamándolo desde niña, pero ellos se dedicaban a un periodismo local, muy diferente al que yo he hecho. Debo decir que el periodismo local es fundamental, de hecho, yo empecé haciendo este tipo de periodismo en la redacción de la SER, en Madrid, y fue una gran experiencia. El periodismo local es como un micromundo, con lo cual haces de todo. Y es la mejor escuela. Pero en mi casa eran poco partidarios de que me dedicase a esta profesión porque es muy dura.

 P: No le gusta el concepto reportero de guerra, sino que te consideras periodista especializada en relaciones internacionales… pero ha acabado dedicando una parte de su carrera al periodismo de guerra. ¿Qué es lo que le llevó a ello? ¿Fue ese afán de independencia?

R: Yo hago mucho periodismo diferente, mucho periodismo social. Hace unos años me decía una persona de un barrio muy desfavorecido de Madrid que hay una guerra sin balas que sufre mucha gente y que está muy invisibilizada en los medios.  Pero, cuando he hecho este periodismo llamado de guerra, es simplemente porque cuando estás en una sección de internacional, que es donde estaba yo a finales de los 90’s… un momento donde aumentó, desgraciadamente, el clima bélico.

En una sección de internacional había que ir a cubrirlo y a mí siempre me ha gustado el mundo árabe, lo conozco bastante y académicamente me había especializado algo en él, así que cuando estalló la segunda intifada palestina pues fui. Y después fue Afganistán, que no es mundo árabe pero bueno, Oriente Medio. Luego vino Irak y, desde entonces, ha sido un no parar. En el mundo árabe y en oriente medio, por desgracia, en los últimos 19-20 años ha sido terrible.  En definitiva, a veces haciendo información internacional te toca hacer esto. Es verdad que me llamó el afán por el rigor por contrastar y verificar. Estado en Madrid no puedes informar y yo me negaba a replicar lo que me contaba un teletipo, que yo no sabía si era verdad o no y que, muchas veces, no contenía todas las claves.

Olga Rodriguez  ha dedicado unas palabras a aquellas personas que quieran dedicarse al reporterismo de guerra en un futuro: El periodismo es todo. Hay veces que hay que cubrir guerras, pero el periodismo es un relato de un trocito de nuestra actualidad y nuestra realidad. Hay que probar de todo y, al mismo tiempo, especializarse mucho: aprender idiomas, cultura y, sobre todo, respecto hacia los otros porque, en realidad, también somos nosotros. Y porque, a través de otros, podemos conocernos mejor.

P: ¿Cómo ve la situación actual de los reporteros de guerra?

R: Depende de cada país. España es un país con más precariedad que otros, pero en líneas generales no es una buena situación. En los últimos años se ha recortado muchísimo. Respecto a esto, yo siempre cito a David Simón, periodista estadounidense que dice que hay un antes y un después marcado por el momento en el poder financiero entra en los medios de comunicación. En Estados Unidos sucede en los noventa y, en España, a principios del 2000. Esto ha hecho que la apuesta sea aparentar que te informan, y apostar realmente por el info-entretenimiento y, en el peor de los casos, por la telebasura, por el show. Esto ha llevado a recortes y se despidió a la gente con más más crítica. También afectó a las redes de corresponsales, es decir, a los corresponsales de guerra y a la figura de los enviados especiales. Se optó por recurrir a las agencias de noticias y así se produjo el apagón de ojos y oídos de cada medio de comunicación y una uniformidad de la información. Además de una decadencia de la calidad.

Todo esto ha repercutido en la figura del reportero de guerra, que muchas veces ya no existe vinculado a una redacción de un medio de comunicación. Sino que tiene que ser freelance, con todo lo que esto supone: falta de protección física y económica, precariedad. Además, cuando un medio decide cubrir algo que está pasando en el resto del mundo, como no tiene a alguien propio del medio, pues echa mano del primero que pasa por allí, sin comprobar que cumple unos mínimos estándares de ética periodística y de calidad. En definitiva, son malos tiempos para el reporterismo de guerra, paradójicamente en un momento en el que el mundo está más interconectado que nunca. Lo que pasa al otro lado del mundo puede repercutir rápidamente en nosotros y, sin embargo, se está dando menos importancia al periodismo internacional.

P: ¿Y qué pasa con la audiencia? Es decir, durante el siglo XX la información sobre este tipo de conflictos era muchísimo mayor y les influía drásticamente.

 R: Es muy cómodo cuando los editores de los informativos culpan a la gente para justificar que emiten basuras e infoentretenimiento. Y para justificar que no dan cobertura a cuestiones fundamentales. Si tú apuestas por un contenido determinado la gente lo ve. Y eso ha pasado con los estadounidenses e incluso aquí.

El caso es que no hay voluntad, se está apostando por la banalidad informativa, pero si a la gente le das algo de calidad, bien montando y bien promocionado, lo va a ver. El programa de Jordi Évole (Salvados) es un ejemplo. Y lo triste es que no hay voluntad. En este sentido yo creo que como ciudadanos tenemos la responsabilidad de señalar a los medios. No se puede justificar con las audiencias porque no disponemos del secreto para captar a la audiencia, si se supiera siempre tendríamos grandes audiencias y la realidad es que esto no es así. 

P: ¿Los periodistas pueden hacer algo para que se cambien los contenidos, para que se dé más importancia a temas como los derechos humanos o aquellos relacionados con los conflictos bélicos?

R: Podemos hacer mucho, pero el precio a pagar a veces es muy caro. Las presiones siempre están ahí. Pero, siempre debemos insistir en la importancia de ciertos temas y, sobre todo, en que hay líneas rojas que no se pueden traspasar. Más ahora que son tiempos oscuros a nivel global, con el crecimiento de la extrema derecha… en un momento en el que parece que está de moda un discurso que pisotea los derechos humanos y, en esto, han tenido mucho que ver los medios de comunicación. En el caso español, con el ascenso de Vox, podemos señalar que hay muchos medios de comunicación que normalizan discursos de extrema derecha y xenófobos.

En este sentido los periodistas tenemos la obligación de salvaguardar la ética en el ejercicio de la profesión y de tener muy claro que con los derechos humanos no se juega. Porque si no, cualquier historiador del futuro, para hablar sobre nuestro presente tendrá que señalarnos como cómplices de lo que está sucediendo.

P: Ser reportero de guerra implica que vas a vivir muchas emociones y situaciones diversas a las que no siempre podrá controlar… ¿Cómo es realmente estar en el frente de una batalla?

R: Siempre, siendo muy conscientes de que tenemos que tomar muchas precauciones para protegernos, en líneas generales, posponemos los duelos. Y no es hasta la vuelta cuando podemos digerir lo vivido. Pero ya en el primer mundo es donde no hay guerras y podemos permitirnos el lujo de analizar lo ocurrido y de gestionar de todo lo que nos pasa.

Muchas veces la experiencia viene acompañada de dolor, de pesadillas e, incluso, de estrés postraumático como les ha pasado a algunos compañeros. En países del norte de Europa, obligan prácticamente a los compañeros a pasar por el psicólogo para gestionar bien la posibilidad de un estrés postraumático. Aquí en España, bueno… todavía hay una concepción masculinizada, muy anticuada, de “podemos con todo” que ha hecho daño a algunos compañeros que habrían necesitado ayuda psicológica inmediatamente.

Ser corresponsal de guerra conlleva muchas emociones fuertes y muchos peligros. Los periodistas están constantemente viendo cómo muere gente, pero, a veces tienen que enfrentarse a la perdida de sus compañeros de profesión. Precisamente, Olga Rodriguez fue testigo directo del asesinato del cámara español José Couso, un hecho que todavía no ha sido juzgado y ante el que los periodistas continúan pidiendo justificia. La reportera cuenta que fue algo premeditado, pues en la misma mañana, en unas 3 horas, las tropas estadounidenses mataron a tres periodistas que no iban empotrados con ellos. “Es algo duro, porque no es solo un ataque contra un compañero, sino un ataque contra la libertad de información.” Rodríguez explica que “los bandos implicados muchas veces no quieren testigos y en todas las reglas la prensa es objetivo.” Unos ataques que han aumentado con los años y por cuyas consecuencias se sigue protestando.

P: En relación con esta idea de la visión masculinizada de la profesión, estará cansada de que se lo pregunten, pero ¿cómo es ser mujer y corresponsal de guerra?

R: No es fácil, ¿no? No es fácil ser mujer. La pobreza diaria tiene nombre de mujer, los efectos de la desigualdad también… y, en ese sentido, las mujeres en cualquier trabajo lo tenemos más difícil: sufrimos más discriminación, tenemos que hacer frente a la desigualdad salarial, etc. Si a todo esto le sumas que te vas a una zona en guerra donde las primeras víctimas son las mujeres y las niñas y donde te vas a encontrar un clima de un oficio aún muy masculinizado… pues a veces nos encontramos con situaciones difíciles, con muros añadidos a los que tiene cualquier reportero de guerra hombre.

P: ¿Considera que tienen la misma visibilidad que un hombre?

R: Estamos más invisibilizadas, no hay premios periodísticos con nombre de mujer excepto uno, ya no te digo de reporterismo de guerra… Y aquí en España se nota mucho que hemos vivido 40 años de dictadura, en el Norte de Europa ya van por la cuarta o quinta generación de reporteras de guerra… aquí somos la segunda prácticamente. Teniendo en cuenta que la primera estuvo compuesta por cuatro: Maruja Torres, Rosa María Calaf, Carmen Sarmiento, Teresa Aranguren y poco más.

Muchas veces nos encontramos con el machismo que hay en muchos países que sufren guerras, pero también con el que más daño hace, que es el de nuestros propios compañeros, sobre todo, los más mayores. Estos vinculan su concepto de virilidad con el hecho de cubrir guerras, así que, de alguna manera, la presencia de las mujeres cuestiona ese concepto. Entonces hemos vivido situaciones en las que nos han dicho, a muchas compañeras y a mí, cuando estaba a punto de estallar una guerra, que ese no era un sitio para nosotras. Y más allá de que tenemos menos oportunidades, tenemos que luchar más, muchas veces estando mejor preparadas en conocimientos tanto de idiomas o cultura.  Pero bueno, poco a poco, cada vez estamos más unidas, somos más y yo quiero creer que al igual que en todos los campos, siendo consciente de que la lucha es larga, iremos conquista la igualdad que toda sociedad democracia necesita.

P: También con esta visión de la mujer como corresponsal de guerra, ¿tiene que ver la idea que hemos tenido durante tanto tiempo de que el periodismo de guerra es algo muy épico, muy cinematográfico?

R: Sí, sin duda. Pero el que una guerra la cubra una mujer no es garantía de que la cubra de una forma distinta. Al igual que, el hecho de que la cubra un hombre, tampoco asegura que vaya a describirla como si fuera una película de acción. Pero, sí, en líneas generales hay un concepto de periodismo de guerra muy impregnado de ese concepto de la virilidad. Aunque el hecho de que cada vez seamos más en la cobertura de las guerras sí que ha abierto más la tendencia hacia un relato diferente, en el que las víctimas son los protagonistas, en el que se es consciente de que la guerra está en los hospitales, en las casas de la gente, en las morgues, etc. Porque si no uno se queda contando una película de Hollywood.

P: Entonces, para conseguir un enfoque más humano en este tipo de relatos, ¿tiene importancia centrarse en historias concretas de personas que han sufrido estos conflictos?

R: Sí, porque, además, hay muchos conflictos que son complejos y que, las propias dinámicas perversas del periodismo tal y como está concebido hoy en día, impiden tener la contextualización que se precisa en el relato. Entonces, contar una historia a través de la cual se pueda explicar bien lo qué está sucediendo en el país, yo creo que ayuda a comprender lo que ocurre.

Es fundamental buscar un nombre, un apellido concreto a través del cual vamos a entender muy bien la inmensidad del dolor que provoca una guerra. Un dolor irreparable. Cuando en los despachos de los ministerios de defensas se están trazando los planes de batallas se habla de la posibilidad de perder soldados como algo totalmente inherente a las guerras y se habla de soldados de remplazo, como si el ser humano fuera reemplazable. No hay nadie reemplazable y, lo más importante, el dolor es irreparable. Y dura por generaciones.

La formación de Olga Rodriguez y su ámbito de trabajo la ha llevado a tratar muchos temas relacionados con los refugiados. A razón de esto, se le habló sobre el inmigracionalismo, un término acuñado para designar a las malas prácticas periodísticas que consisten en transmitir la información con un enfoque xenófobo y racista. Al respecto, Rodríguez señaló que es partidaria de llamar a las cosas como son y evitar los eufemismos. Sin embargo, reconoce que “es uno de los mayores males de nuestro presente”. Pues “se dan enfoques xenófobos con alarma y crimininalización de los inmigrantes, recurriendo a imágenes muy estereotipadas llenas de prejuicios y creando miedo hacia el otro.” Esto, señala, puede acarrear “consecuencias muy graves para la convivencia de la sociedad”.

P: ¿Considera que la visión que tenemos de la situación en los países del mundo árabe y de Oriente Medio es muy diferente a la que es realmente?

R: Depende de cada persona, hay gente que se informa muy bien. Pero estar bien informado es una militancia porque requiere mucho contraste, mucha lectura… Y si a los periodistas, que estamos 24 horas informados, a veces nos cuesta dejar a un lado la propaganda, pues imagínate a una persona normal con un trabajo de 8 o 10 horas diarias. Pero, en general, la información que se da de oriente medio es bastante insuficiente y bastante mala, impregnada de orientalismos, de estereotipos, de prejuicios, sin contextualización, etc. Hay periodistas excelentes en este país que podrían hacer una información muy buena, pero que cada vez tienen menos espacio para hacerla. Y, podríamos decir, que ahora es un lujo poder hacer reporterismo y crónicas sobre esta región y sobre cualquier otra en general.

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