La Casa Zorrilla homenajea a León Felipe

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MATEO TRAPIELLO IZAGUIRRE | Fotografía: Mateo Trapiello

Con todo el área de la plaza de San Pablo rodeada por las fuerzas del orden para amparar una importante visita institucional, la Casa Zorrilla quedó aislada del agitado y lluvioso exterior. Entre sus muros, en contraposición, reinaba una calidez acogedora. Las pocas (quizás debido al inesperado estado de sitio) personas que allí se reunieron encontraron en la voz de Armando Manrique una reconfortante forma de alejarse del ajetreo exterior, al mismo tiempo que el veterano poeta les descubría la vida, obra y penurias de otro maestro de profesión: León Felipe.

Manrique, amigo y habitual de la Casa Zorrilla, fue el promotor de este homenaje al “errante”, “rebelde” y “andariego” poeta de la Generación del 27, con motivo del 50 aniversario de su muerte en el exilio. Lamentándose de que la figura de este gran autor, revolucionario y comprometido con la justicia social, haya caído un tanto en el olvido, Manrique elaboró un recital en el que mezcló el relato de su compleja biografía con la interpretación teatralizada (terreno en el que el vallisoletano se desenvuelve con asombrosa naturalidad) de versos seleccionados de Felipe y algunos poemas propios, como el sentido y pesaroso “En el olvido”, texto con el que abrió el recital. Con este acto, la Casa Zorrilla quiso, como es habitual, dar un paso adelante en la promoción de este tipo de eventos, para acercar al público general a estos autores.

El extenso relato que Manrique hizo de la vida de Felipe Camino Galicia de la Rosa, pues tal era su verdadero nombre, llevó a los asistentes desde su Tábara (Zamora) natal, en el seno de una familia acomodada, a través de España y, posteriormente, el continente americano. Aficionado al teatro desde joven, encontró pronto la oposición paterna, que le exigía centrarse en sus estudios (en su caso, Farmacia) y abandonar una vida bohemia de la que jamás pudo apartarse. A la muerte de su padre, se hizo cargo económico de su familia trabajando como farmacéutico en el País Vasco, desde donde siguió haciendo teatro por España y Portugal. Volvió a Madrid para intentar dedicarse a la poesía, pero su estrepitoso fracaso lo arrastró a la pobreza, una etapa de miseria durante la que, sin embargo, se afianzó su carácter bohemio. Fue en ese período en el que escribió algunos de sus versos más recordados, como estos que Manrique citó en el momento:

He dormido en el estiércol de las cuadras,
en los bancos municipales,
he recostado mi cabeza en la soga de los mendigos
y me ha dado limosna -Dios se lo pague-
una prostituta callejera…

Bebiendo de escritores que iban desde Lope hasta Unamuno, desde Shakespeare hasta Ibsen, León Felipe no dejó de crear durante esta convulsa etapa de su vida. Tiempo después, con una carta de recomendación de su amigo Alfonso Reyes, partió a México a trabajar como bibliotecario, donde conoció a Berta Gamboa, quien sería su esposa y compañera hasta la muerte de ella. En su agonía le escribió líneas sobrecogedoras, que Manrique recitó como si el duelo fuese suyo:

En tu agonía, amor.

¡Cuánto le costó a la muerte apagarte los ojos!
Sopló una vez,
dos veces,
tres veces -¡bien lo vi! –
y tus ojos siguieron encendidos.

Sin apenas dinero, se movieron por todo EEUU, sosteniéndose con los trabajos como profesor que Felipe consiguió en universidades como Columbia o Cornell. Volvió a su España natal en 1932 para conocer con entusiasmo la recién nacida II República, y volvería tras años de vuelta en las Américas en unas circunstancias bien distintas: el franquismo acababa de sublevarse. Comprometido como siempre con su pueblo, Felipe regresó para defender como pudiese la República Española, donde sufrió los bombardeos sobre Madrid y participó en el Congreso de Intelectuales Antifascistas. No obstante, y con dolor en su corazón, marchó al exilio en 1938, ante la inminente derrota del bando republicano. En los siguientes años, de vuelta en México, viajó por éste y otros países de América Latina, produciendo obras y recitales de enorme éxito. Murió en Ciudad de México en 1968.

Para cerrar la historia de las andaduras de este Whitman castellano, Armando Manrique interpretó con la energía y el sentimiento que le son característicos el largo poema “Qué lástima”, donde el poeta se lamenta por ser un apátrida, incapaz de echar raíces o de recordar de dónde viene. Pues la pena por una tierra española perdida a manos del franquismo, la rabia por la desigualdad y la injusticia, o las plegarias a un Dios que unos pocos se apropiaban eran temas habituales en la obra de este gran autor. Cabe esperar que el esfuerzo de Armando Manrique, de la Casa Zorrilla y del Ayuntamiento por recuperar un lugar privilegiado en la memoria colectiva para León Felipe no será el último que Valladolid haga por esta y tantas otras figuras que no han de olvidarse nunca.