CLARA RODRÍGUEZ MIGUÉLEZ  |  Fotografías: Clara Rodríguez Miguélez  |

Juan Pablo Colmenarejo es un hombre a una voz pegado, una voz que muchos recuerdan siempre en el micrófono, pero que efectivamente esconde a un hombre calmado, de 50 años, madrileño, de apariencia seria en cuanto a profesionalidad, pero expresivo y con tiempo para las bromas, siempre a voz sosegada. El director y presentador del treintañero programa radiofónico de La Linterna (COPE) resume su relación con la televisión en partidos del Atleti y series que, si concreta, encarnará en Stranger Things, al menos por el momento. Si alguien le pide que defina ‘periodista’, recurre a las palabras de uno chileno, que trabajaba en El Mercurio y recuerda de su juventud: un periodista es un océano de sabiduría, pero con un centímetro de profundidad.

Pregunta: Viene a hablar de redes y de periodismo… ¿existe el periodismo en Internet, las herramientas de la web necesitan al periodismo o por el contrario es el periodismo el que ‘ha caído en las redes’?

Respuesta: Yo creo que el periodismo ha caído en las redes, aunque se beneficia de sus herramientas. Por ejemplo, los smartphones para la radio son una bendición, porque nos han metido en el bolsillo de todas las personas. Antes no era habitual llevar un transistor en el bolsillo, ahora todo el mundo lleva uno, así que los smartphones te permiten acercarte a la radio y por tanto a esta le vienen muy bien. Eso no significa que mute nuestro propio ser, nos tenemos que adecuar a las nuevas tecnologías pero para bien, no para mal. La radio no puede perder la personalidad porque los soportes hayan cambiado, y el periodismo tampoco. Esa es la gran pelea, ¿la revolución digital simplifica todo? Sí, claro, simplifica la relación entre las personas. Pero el periodismo no tiene por qué hacerse más simple ni más banal. ¿La tentación? Diaria. ¿La pelea? Constante.

P: ¿Qué opina del llamado ‘periodismo ciudadano’?

R: Que no existe, del mismo modo que no existe la medicina ciudadana. Si no existe el médico ciudadano, ni el arquitecto ciudadano, ni el conductor de autobús ciudadano, tampoco el periodista ciudadano. El periodismo es una función social, es una red intermedia en una sociedad democrática, y el día que desaparezca tendremos un problema. Usar los vídeos y recursos que envían los ciudadanos es más fácil, sencillo, se gasta menos dinero. Evidentemente, si no tiene ningún coste, también lo das gratis. Pero aunque sin la elaboración todo es mucho más fácil, que sea más fácil no significa que tenga que estar bien. Que algo tenga éxito no es sinónimo de que sea bueno.

P: En muchas ocasiones, al periodista se le trata como a un especialista cuyo trabajo puede hacer cualquiera. ¿Cómo convendría lidiar con el intrusismo?

R: Es que es un trabajo que no puede hacer cualquiera, y yo no me refiero a que tenga que pasar por la facultad para estudiar periodismo, pero sí a que el periodismo tiene unos códigos, unos valores y costumbres que le permiten mantener el realce con respecto a lo demás. Yo el intrusismo no lo interpreto como el hecho de que llegue alguien que ha estudiado derecho y escriba en un periódico, seguramente escriba mejor que yo; pero no cualquiera puede contar una cosa. De hecho, el fenómeno este de las noticias falsas, las fake news, viene de ahí. Al final, en sociedades democráticas avanzadas, como por ejemplo Estados Unidos, la gente joven se subscribe a medios tradicionales, porque lo que ven en su teléfono no les dice la verdad. Vemos un hartazgo después del cual se vuelve a lo clásico: que alguien te cuente algo que sea verdad. Sabes que es verdad porque te fías de ese señor, que firma lo que dice en una cabecera de prestigio con un determinado procedimiento de trabajo. Existen una serie de valores que permanecen. Si pensamos que comunicación es lo que hace Donald Trump, vamos a eso, pero es un modelo que se salta a los intermediarios.

P: No sé si considera que son necesarias palabras nuevas para describir los procesos actuales, ¿es distinto hablar de postverdad que referirse a engaños y mentiras?

R: No, es lo mismo, lo que pasa es que ahora hay que inventarse palabras, igual que lo de quitar determinantes o artículos de las frases. Postverdad es una manera de… decirnos que nos están engañando sin hacerlo.

P: ¿El cambio en la retórica periodística cambia el efecto?

R: Sí, claro. La retórica es muy importante: usa la persuasión, que puesta al servicio del mal es muy peligrosa y sirve para engañar. La persuasión al servicio del bien está inventada desde hace muchísimos siglos, pero también existen esos malos usos. La creación de mensajes cortos a través de un teléfono es dinamita.

P: Algunos periódicos, como The New York Times, han desarrollado pautas estrictas en cuanto al uso de redes sociales por parte de sus redactores. ¿Es aconsejable que un periodista separe redes personales y profesionales?

R: Sí, totalmente. De la misma manera que no se lleva a los niños al periódico, o al abuelo. Cada uno tiene su vida personal y profesional. Si tú por ejemplo estás en una televisión, radio o periódico y estás chateando con tu prima, es evidente que no es el momento. Las redes sociales se deben utilizar como herramienta, y me parece una buena opción diferenciar claramente el trabajo de la vida personal. Pero como en cualquier empresa; me parece lógico.

P: ¿Estar en un medio de comunicación concreto o cubrir una determinada información, pueden estigmatizar al periodista o generar prejuicio en el público?

R: Los prejuicios son libres. Lo bueno del pluralismo, es que cada uno escoge la radio que escucha, la televisión que ve, el diario que lee, o ninguna de las tres cosas. El que no quiere saber nada, también tiene esa opción libre, de la misma manera que se puede decidir no escuchar una radio. Creo que eso forma parte de la libertad, y que las nuevas generaciones, al avanzar, pierden prejuicios, los convierten en algo de otro tiempo. Cada uno escoge lo que quiere, con sus gustos y decisiones. Cuanto mayor sea la oferta, más entretenida.

P: De entre los formatos periodísticos voy a preguntarle sobre la que parece su favorita, la radio: ¿cuál es para usted la magia de las ondas?

R: Es un medio que tiene una gran virtud respecto a los otros, y es que te permite hacer otra cosa a la vez, que es una ventaja muy grande. No necesita toda tu atención. A la radio le basta con que la oigas, luego ya si quieres escuchar, está el proceso de captar la atención por completo. En segundo lugar, se trata de un medio persona a persona, y además en la sociedad española es un medio que ha hecho mucha compañía. Por último, se añade que la información en radio es muy creíble, ha sido muy creíble siempre. A pesar de toda esta avalancha informativa, los periódicos siguen marcando la agenda y las radios amplifican todo eso. Las primeras horas del día en España están marcadas por esos dos factores, a pesar de toda la que nos está cayendo. Yo mientras esté en activo voy a defender ese modelo, quien me lleve por delante, pues que me lleve, pero trataré de transmitir que el método funciona, y permite buena información, rigurosa y de calidad.

P: A lo largo de su trayectoria ha recibido galardones como la Antena de Oro en 2004 con La brújula o el Micrófono de los Informadores, en 2010. Desde ese éxito, ¿cuál es la que destacaría como la mayor enseñanza del periodismo en su vida?

R: Yo creo que el periodismo me ha enseñado a ser prudente, más concreto no puedo ser. Me ha enseñado a ser prudente y a respetar mucho a quien no conozco, que en definitiva es quien me está escuchando.

P: Presenta desde 2009 el programa vespertino de La Linterna, para los que aún no lo conozcan, ¿cómo ha sido su relación con él?

R: Es un programa al que tengo mucho cariño porque lo inventó en 1987 mi ‘inventor’ y mentor en esta profesión, que es Javier González Ferrari. En 1990-1991 estuve de prácticas allí y eso aumenta el cariño hacia el programa, al que he seguido siempre. Fuera más o menos de mi gusto quién lo hacía, la marca ha permanecido viva. Ahora, en su 30 aniversario, yo llevo 9 años. ¿Mi relación con el programa? Yo lo cuido mucho y procuro que todo lo que se diga esté bien dicho, suene bien y tenga la suficiente calidad. Debe tener la calidez suficiente para que a la gente en el oído no le chirríe. Creo que una de las cosas más importantes que hay que hacer todas las tardes-noches es masajear la oreja de quien te está escuchando, para lo que escuche no le provoque ningún tipo de problema de nervios ni le altere. Hay gente que me dice que se duerme conmigo y yo respondo: ‘¡no sabe usted cómo se lo agradezco!’ No quiere decir que le esté aburriendo, sino que me oye y que se va a dormir pensando que el mundo no se ha terminado.

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