Graduados sin graduación
ALBA CARBAJAL Y JOHN FERNÁNDEZ  |  Fotografía y vídeo: Alba Carbajal  |

Hace algo más de dos meses, fuimos a clase sin saber que sería el último día. Quién se iba a imaginar que la situación sería tan grave, que un estado de alarma nos obligaría a permanecer encerrados en nuestras casas durante tanto tiempo y, con ello, la suspensión obligada de la actividad presencial en la Universidad. Sin duda será un fin de carrera digno de recordar. Pasaremos a la historia como esa promoción de graduados que no tuvieron graduación.

Los primeros días fueron una locura plagada de incertidumbre. Supongo que nadie pensaba que esto se alargaría tanto. No sabíamos qué iba a pasar ni cómo serían las clases y fueron muchos los estudiantes que en un primer momento decidieron quedarse en Valladolid hasta que pasaran esos primeros 15 días de confinamiento. La mayoría de ellos volvieron a casa cuando se acercaba la Semana Santa y ya se intuía que no iban a ser tan solo un par de semanas.

Todos recordamos el último día de clase, ya alarmados en vista a que otras universidades de España, e incluso de Castilla y León, comenzaban a suspender su actividad presencial. Ese día volvimos a casa pendientes de la rueda de prensa de Mañueco, presidente de la Junta. Recordamos a la perfección el momento exacto en el que Francisco Igea anunciaba el cese de actividad presencial, algo que parecía estar sentenciado pero que muchos no querían aceptar hasta escuchar el comunicado oficial.

Ha sido una época de altibajos, con sus días duros y sus instantes de enriquecimiento. Era el momento de reinventarse y hacer de este último cuatrimestre algo online. Tanto profesores como alumnos han sabido sacar partido a todas aquellas herramientas que hacían esto un poco más sencillo. Videoconferencias, apuntes en forma de material audiovisual, exámenes online o exposiciones no presenciales. Un cuatrimestre diferente y no necesariamente menos productivo. Todos hemos conseguido sacar el lado positivo de esta situación.

‘Deberíamos estar agobiados por los exámenes finales, preocupados por el TFG y buscando un vestido para la graduación. No éramos conscientes de lo que echaríamos de menos esa rutina’, confiesa Lara Deprada, alumna del turno de mañana de cuarto de Periodismo. Sin duda aquello que solía despertar más de una queja, es hoy aquello que más echamos de menos. Levantarse para ir a clase, un café en la cafetería de Filosofía y Letras, quedar en la biblioteca para estudiar, sentarse en las escaleras de en frente con tus amigos o coger sitio para pillar un enchufe libre en clase. ‘Todos esos pequeños detalles hoy los valoramos más que nunca’, comenta Irene Soto, compañera de clase de Lara.

La pandemia no ha sido benévola con nadie. En nuestro caso ha supuesto incertidumbre al principio, trabajo y hastío en el proceso y alborozo al final, aunque con tintes amargos. Son pequeños obstáculos que, entre toda la comunidad universitaria, entre nosotros y gracias a nuestros profesores, hemos podido subsanar. Es encomiable ver la dedicación de alumnos y profesores, la compenetración a causa de esta pandemia y el entendimiento habido en todo momento.

Resiliencia. Dícese en psicología de la capacidad de las personas para superar circunstancias difíciles. Esto va más allá de unos ‘graduados sin graduación’, el titular fácil. El trasfondo es amargo pero reconfortante. Supone despachar cuatro años de esfuerzos, estudios, fiestas, amigos, novios, cambios de personalidad y de crecimiento personal, de una manera tan inmerecida.

Rellenamos una promoción más, otros tantos egresados a las puertas del mercado laboral. Pero lejos de dramatizar la situación, cuando en 2016 ciento veinte personas pisaron por primera vez la Facultad de Filosofía y Letras, jamás imaginaron una despedida tan lúgubre para una etapa tan excepcional, alegre, simbólica y renovadora para algunos.

El sentimiento es más profundo de lo que parece. A algunos la vida les ha dado un giro de 180 grados. Pues hace cuatro años, me atrevo a aventurar, éramos muy diferentes de lo que somos ahora. Se antoja difícil echar la vista atrás y encontrar una experiencia negativa. En todo caso, nuevas experiencias y aprendizajes. Porque lo que esta carrera ha dejado atrás va más allá de la simple instrucción como periodistas, porque estos cuatros años han sido una clase constante, fuera y dentro de las aulas.

Jamás dejaremos volar esos hermosos recuerdos. Desde el sudor y las lágrimas que nos dejaron los exámenes; pasando por los docentes que dejarán mella hasta la posteridad en nosotros, por sus lecciones magistrales de vida y enseñanza, e incluso las discordias en los trabajos en grupos. Serán muy difíciles de olvidar.

Anquilosados por la pandemia, no dejaremos de ser unos graduados sin graduación. Pero que quede claro que, para nosotros, eso no es más que una rémora. El asunto es que nadie nos podrá arrebatar nuestras memorias. Sí, pasaremos al recuerdo por ser la primera (y quién sabe si última) promoción sin graduación. Pero para nosotros eso sólo será una reminiscencia, una anécdota que no impediremos que nos nuble estos cuatro años. Ardor por no poder celebrarlo, resiliencia para superarlo. Porque, compañeros, acabar un curso así tiene mérito.

Gracias a todos y cada uno de los compañeros, profesores y tutores que han hecho de estos cuatro años hayan sido algo más que una experiencia; una etapa en la vida que nos ha servido para forjarnos como un grupo, del que algunos hemos hecho nuestra propia familia. Muchos confiamos en que el destino nos dé una segunda oportunidad para un último adiós a esta etapa y una transición a una nueva.

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