Erasmus(a)

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Vete. Escápate. Sé que lo necesitas. Y no, no mires atrás. Déjate de dudas y analizar pros y contras, que ya te estoy viendo. Atrévete. Siempre has soñado con una vida de película; esta es tu oportunidad. La paciente y tediosa rutina puede esperar. Ella no te echará de menos, créeme. El resto puede que sí, pero te entenderán perfectamente cuando vuelvas…

Si es que vuelves, porque no querrás. Pero tienes miedo, lo sé. ¿Y qué? Yo ya me he burlado de él y ahora se encuentra en un vertiginoso laberinto tratando de encontrarme. ¿Y sabes qué? Soy precisamente yo el que me he encontrado. Y es curioso, porque ha sido de tanto perderme. Una y otra vez. En la vida, en la gente, en mis ganas de sentir y vivir.

Sé que todo suena muy idílico, pero para irse de Erasmus se necesita valor. Valor para rellenar todo el papeleo que conlleva y, en particular, el ‘Learning Agreement’. Un documento infernal que, unido a tu primer día en ese inhóspito lugar que paradójicamente acabarás amando, intentará dinamitar todas las ilusiones depositadas en tu nueva experiencia.

Los comienzos son duros, y más si te topas con un día lluvioso y gris, una residencia que te hace dudar de si eres un preso o un estudiante y una habitación en la que parece que solamente pueden estar cómodas las arañas que te han asignado como mascotas. Tras varios “¿pero qué hago yo aquí?”, un puñado de pesimismo sobre tu futuro más próximo y una sobredosis de morriña que te invade las glándulas lacrimales, todo son dudas y temores. Pero…

Después comenzará lo bueno, lo mágico, lo insólito, lo embriagador –sí, podéis tomároslo como literal y bien fresquito-. ¿Y qué es eso que provoca este cúmulo de circunstancias tan especial? Las personas que te rodean. Porque ese tío con el que estás hablando el primer día te puede parecer uno más, pero cabe la posibilidad de que al día siguiente ya estés en un bar pidiendo la tercera ronda de cervezas con él en vuestro maltrecho e ingenuo polaco de recién llegados y que en junio le tengas que dar un abrazo de esos que rezuman recuerdos, aderezados con ese inevitable miedo a no volver a verlo nunca más.

Debido a su conocido sobrenombre “Orgasmus”, una de las frases que más he escuchado es: “No te enamores. Aprovecha y disfruta”. Qué fácil decirlo y qué complicado no experimentarlo cada vez que un ángel polaco se interpone en tu camino con una sonrisa. Y es que yo me he enamorado. Se llama Praga y es preciosa. Por dentro y por fuera; de noche y de día. Sí, he sentido las mariposas en el estómago, aunque por su fuerza me hayan parecido halcones en celo. Una ciudad, amigos.

Viajar, otro de los puntos fuertes de esta aventura. Porque en cada calle puede encontrarse algo nuevo, porque es aquí y ahora; cada momento es único e irrepetible, porque hace un año estabas anclado en un pupitre y mírate ahora, porque hay que sacar fotos para restregarlo por las redes sociales –a mí no me mires así. Son los demás los que suben las fotos-,… El cerebro no está preparado para tantos estímulos y te da la impresión de que cinco sentidos no son suficientes. Quieres más, y lo encuentras en forma de anécdotas. Encontrarse a tres paisanos gallegos de fiesta por las calles de Riga y sentirse eufórico al ver su cara de compasión cuando les dices lo mucho que añoras el pulpo y el licor café no entraba en el mejor de tus planes.

Lo que sí debería entrar en tus planes es irte de Erasmus. ¿Todavía no estás convencido? Quizá sea porque no has visto mis fotos en las redes sociales –os juro que son ellos- o simplemente porque no se puede expresar fielmente con palabras lo que estoy viviendo. Hazme caso; me darás las gracias, y apuesto a que en varios idiomas.

Texto e imagen: Jaru Rodríguez Montes

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