Hay ciudades que te enamoran a primera vista. A Liège dale tiempo, te cautivará más

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Siempre he querido vivir en el extranjero. Mi madre me pregunta que por qué, que si tan mal me ha tratado. No, en mi casa me quieren mucho (o eso dicen), pero desde pequeñita supe que quería vivir fuera, y cuando descubrí el programa Erasmus, empecé a investigar. Antes de entrar en la universidad ya conocía los destinos de Periodismo.

Continué con el francés desde que terminé el instituto por si acaso me iba a Liège, para no cerrarme puertas. Por supuesto, hubo dudas, había otras opciones que me llamaban la atención, pero tras muchas tablas de pros y contras, me decanté por Liège. Y llega ese momento en el que me despierta mi madre y me dice que me han dado Polonia. Se me cae el mundo… Compruebo las listas y veo que a nadie le han dado mi destino, así que me pongo en contacto con la Vicedecana, que me dice que ha habido un error y que me voy a Liège si quiero. Acepto el reto: universidad exigente, francés… Empiezo a mirar el alojamiento, las ciudades de alrededor, y los nervios empiezan a correr dentro de mí.

Cuando llega septiembre y te vas, todo es diferente. Yo decidí irme a un ‘kot’, donde básicamente alquilas una habitación y compartes el baño y la cocina, (no es un piso exactamente, porque el casero es dueño de la casa entera y no solo de una planta). Para informaros sobre este tema, en Internet tenéis kotaliege.be, pero la página de la ESN de Facebook también se utiliza mucho. Eso sí, como consejo, si venís a Liège sin un piso y os quedáis en el Albergue Juvenil, intentad tener salón. Parece una tontería, pero no lo es. Aquí no tienen salones normalmente, y quedar con los amigos sólo en la cocina no es lo más cómodo del mundo por mucho que tu compañera italiana haga una lasaña maravillosa.

Liège

Al volver a casa en Navidad, la gente te pregunta: “¿Qué tal por Bélgica?”. Y tú no sabes qué responder, porque tienes tantas cosas que contar, tantas aventuras… La vez que te quedaste tirada en la estación de trenes de Charleroi sola un domingo por la noche; los desconciertos culturales; los españoles, (¡la cantidad de españoles que hay en Lieja!); el jaleo lingüístico que se puede llegar a formar entre una húngara, un alemán, un polaco, una española y dos italianos; llevar a tus amigos al ‘100 Montaditos’ (el primero de toda Bélgica) y explicarles lo que es cada cosa con una ilusión contagiosa… También está el tema del francés, que puedes practicar más o menos con la certeza de que, como mínimo, aprenderás a cantar todas las canciones francófonas. Incluso en otros idiomas, porque cada uno tiene algo que aportar y cantautores como Ismael Serrano han viajado a Budapest a través de Internet, al igual que ocurre con canciones en alemán que acabaron en mi ordenador sin que yo aún sepa cómo. Todo eso por no hablar de lo que significa para mí el himno italiano ahora… Y sí, sigo hablando de Bélgica.

Luego están los viajes. No importa mucho dónde vas, sino con quién te vas. Así, unos carnavales en Aachen o en Binche serán inolvidables si cuentas con buena compañía, mientras que otros te llevarán a olvidar toda una noche parisina y cómo volviste sin un zapato al hotel, (cosas que pasan). A esto, además, se suma que el transporte público en Bélgica es muy barato y que no tiene nada que ver con el tren español. Te puedes comprar el gopass10 por 51 euros para hacer diez viajes por cualquier parte de Bélgica (los transbordos no cuentan, puedes coger dos o más trenes si te hacen falta y seguirás pagando cinco euros por trayecto). O si no, siempre queda el blablacar -que aquí se utiliza muchísimo-, el autostop y los aviones. Estamos acostumbrados a que en España los vuelos sean muy caros, pero aquí, en territorio belga, no es así. Te puedes ir a Varsovia por 20 euros ida y vuelta, a Dublín por 40… Claro, que luego tienes que estar allí unos días y recurrir a tus ahorros para costearte el alojamiento o bien, a Couchsurfing, formado por buena gente que te acoge en su casa de forma gratuita y que te suele enseñar los mejores rincones de su ciudad

Elijas lo que elijas, y viajes como viajes, procura no juntarte únicamente con españoles. Es difícil, yo lo sé, pero es mucho más enriquecedor. ¿Mi consejo personal? Sal huyendo cuando veas un español. Parece radical, pero cuando te relajas te das cuenta de que sobre todo sales con gente procedente de tu mismo país. No es que yo sea una ‘snob’, pero para hablar en castellano ya tengo amigos en España. La oportunidad del Erasmus es aquella de hacer algo diferente, de luchar por lo que merece la pena, de mantener una ética, incluso. Porque estás de Erasmus, pero no por ello tienes que perder la cabeza y el criterio. Hay un momento para todo, y el buscar gente “diferente” te aporta mucho. Yo, por ejemplo, acudí a la grabación de un programa de la televisión pública belga sobre el derecho de la información en el Parlamento Europeo en Bruselas.

Luego están los belgas, que aún con sus inexplicables ‘baptêmes’ (“bautizos” desagradables después de las tradicionales novatadas, que duran meses) son buena gente, aunque un poco cerrados. Pocos Erasmus se relacionan con belgas, y hay que aprovechar para empaparse de su cultura. No en vano, el Erasmus te da la posibilidad de ampliar horizontes, de descubrir cómo eres de verdad, de hacer cosas que nunca creíste posibles, de perder el control de vez en cuando, de “volar como un huracán en busca de tu libertad”, de sentir mariposas en el estómago y, sobre todo, de no querer dejar nada ni nadie atrás.

Cuando sólo falta un mes para regresar a Valladolid, lo siento, no me quiero ir. No es que no eche de menos a los míos (que os quiero mucho y lo sabéis), pero aquí, hay algo más. El Erasmus es algo que te pertenece a ti, solo a ti. Luego vuelves a la “vida real”, pero lo que has vivido te cala tan hondo que cambias. Maduras, pero ganas años de vitalidad y de energía para hacer las cosas, para hacerlas bien. Y es que, si uno se va de Erasmus, debe irse convencido. Para no disfrutarlo al máximo, no vayas.

Prepara la maleta (o las maletas, mejor dicho) y sal de casa: cómete el mundo, que el mundo es de los Erasmus. De los buenos Erasmus. Y es que lo mejor está por llegar, salgas o vuelvas. Si te vas, te espera una aventura increíble. Y si vuelves… ¡Qué demonios! Tocará visitar casas de amigos para conocer otros sitios y acoger a quienes formaron parte de tu experiencia en el extranjero para enseñarles lo bueno de España y de Valladolid, esa ciudad que los míos ya saben ubicar perfectamente (aunque la pronunciación se les resista algo todavía), y a la que alguno va a animarse a venir, ¡confirmado!

Por si te queda alguna duda sobre el funcionamiento de Bélgica, este chico tan simpático te explica el funcionamiento del país. Habla un poco rápido, pero es muy conocido en Bélgica y es muy gracioso, con vídeos sobre cómo funcionan los exámenes y aspectos similares. 

Nocturne del Couteaux de la Citadelle

Como despedida para este texto, si te vas a Liège, ésta es la lista de las diez cosas que debes hacer:

1.- Conoce belgas y ríete de sus extravagantes costumbres. Los ‘chapitaux’, ‘Saint-Nicolas’ y ‘la Saint Toré’ son fiestas que sólo entienden los ‘liégeois’ pero que tienen su encanto.
2.- Cómete un gofre frente a la Catedral y unas frites frente a Saint Lambert. Típico, pero delicioso.
3.- Sal de compras a las seis de la tarde y verás la cara de odio de las dependientas por entrar a “última hora”.
4.- Sube la Montagne du Beuren más de una vez. Al menos, hasta que subas las escaleras sin perder el aliento.
5.- Ve a la lavandería al atardecer. El terror cuando se empiezan a apagar las luces es indescriptible.
6.- Descubre las bibliotecas y sus rincones especiales, y hazte un hueco, que también es difícil.
7.- Vete a Les Ardennes, algo increíble (esta recomendación aún no la he cumplido, la he guardado para este mes de junio).
8.- Explica que la siesta no es obligatoria en España y que se trata de una costumbre ‘Patrimonio Inmaterial de la Humanidad’.
9.- Sal a correr por le Parc de la Bovery y persigue conejos, (esta propuesta también está en pendientes).
10.- Por último, enamorarte de cada detalle, de cada recuerdo. Imprégnate de esta ciudad que no te gusta al principio pero a la que aprendes a querer con cada fibra de tu ser.

Texto y fotografías: Alba Camazón Pinilla

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