ALBA DACUÑA GONZÁLEZ  |  Fotografía: Unsplash  |

Tal y como contábamos hace un par de semanas en InformaUVa, Elena Álvarez Mellado, lingüista y articulista, fue galardonada con el Premio Nacional de Periodismo Miguel Delibes 2017. Un galardón que premia el buen uso del idioma en los medios de comunicación y, precisamente por esto, este año han dado en el clavo con la premiada.

Además de divulgadora, ha estado inmersa en una serie de proyectos relacionados con este campo: ha dirigido el Proyecto Aracne para la Fundación del Español Urgente (Fundéu BBVA) y ha formado parte de Molino de Ideas, así como también escribió su libro Anatomía de la lengua. Además, colabora periódicamente como articulista en eldiario.es e investiga en la UNED.

Así, hemos tenido el placer de contar con ella para responder algunas cuestiones clave para una mejor aproximación a la relevancia periodística de su trabajo y de su distinguido artículo “Metáforas peligrosas: el cáncer como lucha”.

-¿Por qué decidiste presentar tu trabajo para el Premio Miguel Delibes?

En realidad, yo no me presenté al premio sino que fue el jurado quien me propuso. Los miembros del jurado pueden proponer candidatos al premio aunque los autores no se hayan presentado por iniciativa propia y ese fue mi caso. Me avisaron de que alguien del jurado había propuesto mi artículo para el premio.

-En tu opinión, ¿cuáles serían las reglas inquebrantables del buen lenguaje periodístico?

La claridad. Es fundamental en cualquier forma de comunicación, claro, pero quizá particularmente en los medios. Quienes escriben para informar deben asegurarse de que el texto es claro y que el mensaje puede ser comprendido por todos los ciudadanos. Cuando se habla de “buen lenguaje” o “buen uso del idioma”, parece que siempre pensemos en ortografía y reglas gramaticales. Pero uno puede escribir un texto que cumpla a rajatabla con todas las prescripciones ortográficas y gramaticales de este mundo y que no se entienda nada. Un buen texto es aquel que consigue que cualquier lector comprenda de forma clara y efectiva el mensaje.

-En tu artículo explicas el riesgo de que la metáfora se apropie de un determinado tema, en este caso, de la enfermedad del cáncer de mama. ¿Crees que sería posible la eliminación del uso de términos bélicos, por parte de los medios, a la hora de hablar de esta enfermedad?

No tengo claro que la cuestión sea desterrar esa metáfora. En realidad, en el artículo, más que abogar por erradicar la metáfora bélica para hablar de cáncer (o de la enfermedad en general) lo que yo intentaba era dar la explicación lingüística a por qué hay personas a las que esa metáfora les desagrada: si entendemos que la enfermedad es una guerra, por las rendijas de esa metáfora se cuelan otras posibles suposiciones que se derivan de esa metáfora (como que la recaída o la muerte son derrotas, por ejemplo). Hay personas a las que pensar en la enfermedad en términos bélicos les resulta útil y se sienten cómodas con la idea de que el cáncer es una lucha a la que hay que plantar batalla. Para esas personas, la metáfora bélica es perfecta y hasta estimulante. Esa metáfora recoge bien su experiencia (y eso es estupendo). Pero hay tantas vivencias del cáncer como personas que lo sufren, así que hay otras muchas personas a las que esa aproximación para abordar la enfermedad no les sirve o les genera rechazo. Y es más que comprensible. No existe una única forma de experimentar la realidad, la experiencia humana de un mismo fenómeno puede ser tremendamente diversa. Y si no todos experimentamos de la misma manera la enfermedad (o la muerte, o el amor, o la vida en general), ¿cómo nos va a valer a todos la misma metáfora para hablar de algo? La experiencia humana es demasiado diversa como para que quepa en una sola metáfora. El objetivo, por tanto, no es tanto desterrar la metáfora bélica (que recoge bien la vivencia de algunas personas), sino que esta metáfora no sea la única, que no monopolice el discurso en torno a la enfermedad. Necesitamos más variedad de metáforas para hablar de la enfermedad (y ya puestos, de todo en general) para poder dar cuenta de las múltiples maneras que hay de experimentar un mismo fenómeno.

 

-¿Son las expresiones que se refieren al cáncer como “lucha” una forma de confundir el verdadero significado de la palabra?

La verdad es que soy bastante escéptica respecto al concepto “verdadero significado de las palabras”. Da a entender que existe un significado auténtico y otro apócrifo o menos válido. Es una noción muy común sobre la lengua: creemos que las palabras tienen un significado original y puro, que es el bueno, el que vale (y que es el que normalmente esperamos que aparezca en los diccionarios). Y luego venimos los hablantes y corrompemos ese significado “verdadero” con nuestro uso descuidado. En realidad, es justamente al revés: las palabras tienen el significado que les da el uso, es decir, que le damos los hablantes. No existe un significado primigenio que debemos preservar. Las palabras significan cosas porque nosotros las usamos. Y con el transcurso del tiempo puede ir cambiando el uso colectivo que hacemos de una palabra y por tanto cambiar su significado. Es parte de la evolución natural de la lengua (y es estupendo). Por eso es tan interesante estudiar de forma empírica cómo usan las palabras (y la lengua en general) los hablantes. En el caso del cáncer como lucha, la metáfora nos permite asomarnos a cómo parte de los hablantes conceptualizan la enfermedad. Pero también es necesario que dejemos espacio para otras posibles metáforas, otras conceptualizaciones o verbalizaciones, que serán igualmente interesantes y que quizá nos narren la misma experiencia desde posiciones muy distintas.

-¿Crees que este tema, a pesar de complejo, es algo que se debería tener más en cuenta en el debate periodístico?

Desde luego. Las metáforas no son simplemente un recurso estilístico o un adorno sin más. Las metáforas aportan una pesada carga de significado subliminal y nos dan muchas pistas sobre el punto de vista desde el que tratamos un tema. No es un asunto baladí. Así que creo que, en general, es muy interesante lingüísticamente y fundamental colectivamente que reflexionemos sobre qué metáforas usamos para hablar de algunos temas y, sobre todo, ser conscientes de que por ilustrativa que resulte una metáfora, probablemente la comparación tenga sus limitaciones. Las metáforas son útiles, pero también pueden resultar limitantes y se pueden usar para colarnos goles. En ese sentido, el asunto se vuelve particularmente delicado cuando hablamos del discurso político o de los medios de comunicación. Por ejemplo, es interesantísimo observar las metáforas con las que los medios y los políticos se han referido a la situación económica de España de los últimos años. Durante los primeros años de la crisis se hablaba de ella en términos fundamentalmente meteorológicos (como si fuera un chaparrón, una nube pasajera, un temporal). Todas estas metáforas apuntaban en la misma dirección: esta situación adversa es transitoria, el nubarrón pasará y volverán los buenos tiempos de sol y prosperidad económica (cosa que luego no ocurrió). Y como este, tantos otros temas. Así que sí, me parece interesantísimo debatir sobre qué metáforas usamos colectivamente para abordar un tema y cuál es el papel de los medios en la creación y propagación de determinados usos metafóricos.

-¿Qué recomendarías escribir a alguien que quisiera presentar su trabajo al Premio Miguel Delibes?

La verdad es que como no me presenté al premio sino que me cayó del cielo, me temo que no tengo muchas pistas o recomendaciones que dar para quienes quieran presentarse. Lo que sí puedo decir es que me resulta esperanzador y muy gratificante que la lengua tenga un hueco en los medios de comunicación generalistas. Quizá como lingüista vivo encerrada en mi pequeña burbuja sesgada y mi entorno no es representativo, pero sospecho que existe un interés creciente entre la población general sobre los asuntos de lengua. Tradicionalmente, la población general ha visto al lingüista como un señor antipático que te daba con un palo en la cabeza si hablabas “mal” (y buena parte de la culpa de esta imagen estereotipada la tenemos los propios miembros del gremio). Pero ese no es en absoluto el trabajo del lingüista: la lingüística moderna estudia la lengua no con el objetivo de decirle a nadie cómo debe hablar, sino de describir cómo funciona la lengua y por qué y de dar cuenta del uso real y cotidiano que hacen de ella los hablantes. Los lingüistas estudiamos la lengua de una manera no tan distinta a como los biólogos estudian el mundo animal, por ejemplo. Por eso me parece tan positivo que haya compañeros escribiendo en medios generalistas para hablar de lengua y desde aproximaciones que van más allá de la perspectiva tradicional que solo aborda la lengua en términos de bien y mal. Pienso en los artículos que escribe Lola Pons en Verne, oi en los vídeos de Nacho Iribarnegaray alias Vanfunfun (cuyos vídeos sobre lengua y filología en YouTube acumulan miles de reproducciones) y en tantos otros compañeros que publican sobre lingüística en blogs, podcasts y otras plataformas independientes. No tengo consejos para quien quiera presentarse al premio, pero sí la constatación de que la divulgación lingüística interesa y mucho.

Compartir