MARÍA ARROYO CANO  |  Fotografía: María Arroyo  |

La obra, dispuesta a pie de calle, se encuentra disponible entre los días 3 de diciembre y 28 de febrero. Dada su localización, no existe ningún horario de visita establecido. Los paneles expuestos forman parte de la conmemoración de los 40 años de la Constitución española.

Joan Fontcuberta, llega a Valladolid con una obra bajo su sello más significativo: la participación. El catalán propone una obra basada en 2.000 fotografías ordenadas y concentradas para formar una imagen final. En este caso, 4 ojos compuestos de fotografías de pájaros y rosas entre otros, decoran la verja exterior del edificio.

La selección de imágenes se llevó a cabo bajo un proceso de selección de aquellas fotografías propuestas por los participantes: la ciudadanía. Fue Joan Fontcuberta el encargado de enlazar estas fotografías para crear una pieza formidable que invita, como toda obra de su firma, a la reflexión.

Como expresaba Fontcuberta al referirse a la inspiración de su obra: “Como el Quijote, todos albergamos nuestros sueños, y me gustaría invitar a los vallisoletanos que interpreten con una foto qué representa para ellos tener un sueño”

El autor identifica la obra con la figura del hidalgo caballero Don Quijote de la Mancha. No solo por tratar de conseguir sus objetivos, sino también por hacerlo contra cualquier pronóstico el personaje refleja a la perfección el mensaje del autor. Los sueños están para cumplirlos y toda persona debería hacer uso de su caballero andante interior y cumplirlo pese a los obstáculos que se encuentre en su camino. Especialmente oficios como el arte, la música o el periodismo deberían, por su difícil salida al mundo laboral, ser objeto de motivación para conseguir vivir de ellos y no un burdo intento que se quede en el mero intento.

Ojo en representación de la infancia/ Fotografía: María Arroyo Cano

Los paneles expuestos en el Museo muestran fotografías de 4 ojos humanos con el iris de distintos colores. Cada una de las piezas que componen cada panel forma el globo ocular de personas de distintas edades. En primer lugar, se expone un ojo azul perteneciente un bebé. Encarna la infancia, la inocencia y la felicidad ante la ignorancia. Sugiere como en esta etapa en la que la persona es más vulnerable presta atención omisa a los obstáculos. El niño no piensa en las dificultades que ha de afrontar para lograr su objetivo, solo en el resultado final: alcanzar sus sueños. Sin embargo, ese sentimiento que le proporciona al niño la motivación para imponerse frente a los retos se pierde en una nueva etapa.

Ojo en representación de la adolescencia/ Fotografía: María Arroyo Cano

Un iris castaño representa la adolescencia. El bebé que nos encontrábamos anteriormente crece y se convierte en un ser consciente de su realidad. La realidad juega un arma de doble filo para los jóvenes: les conciencia de los fenómenos a los que se enfrentan y genera un miedo al fracaso o les motiva para alcanzar aquello que con tantas ansias desean. Es a partir de la adolescencia cuando el joven está más preparado para alcanzar sus objetivos y es entonces cuando debería alzarse a lograrlos y no esconderse tras el fracaso.

Ojo en representación de la edad adulta/ Fotografía: María Arroyo Cano

El artista representa la transición de adolescente a adulto a través de un iris gris. El adulto es consciente de la realidad y de sus capacidades y las entrena para alcanzar los objetivos deseados. En cambio, el miedo a arriesgarse a veces le persigue. El adulto debería y debe hacer caso omiso de aquello que perturba sus sueños y explorar la posibilidad que conllevaría el hecho de poner en riesgo cuanto tiene para conseguir lo que quiere.

Ojo en representación de la vejez/ Fotografía: María Arroyo Cano

La vejez se identifica con un nuevo iris marrón. El paso de los años hace mella en el anciano, pero no por ello debe abandonar cuanto desea. En este caso, el anciano debería recurrir a su niño interior y concentrarse en la edad como una cifra y no un impedimento para cumplir sus sueños.

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