Convénceme antes de que lo haga yo

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CLARA NUÑO GÓMEZ  |  Fotografía: Alba Camazón  |

¿Qué periodista, qué escritor, no siente la necesidad de seducir y ser seducido por la palabra? Probablemente ninguno. Y menos María Jesús Casals, quien ha llegado a la Facultad de Filosofía y Letras de Valladolid a seducir a su público y -¿por qué no?- a ser seducida por él.

Un par de cámaras, al fondo, apuntan al estrado donde se encuentra la ponente. El público, silente, espera.

“Todos conocemos a Homero, a quien se le atribuyen La Ilíada y La Odisea. Al detenernos en el penúltimo verso, concretamente el XXIII, vemos que en él se responsabiliza a Helena de la Guerra de Troya. Así, es condenada durante siglos a un dogma impuesto por la tradición. Solo con palabras”. Casals alza la vista por encima de la montura de sus gafas, el silencio se ha adueñado del Salón de Grados. Sus oyentes esperan ver adónde están siendo conducidos. Son llevados a Sicilia, donde cuatro siglos después el célebre sofista Leontini escribiera el Elogio de Helena en su defensa. Una obra corta que, en tan sólo seis alegatos, repara el honor de la joven griega. Menos suerte tuvo Eva, nadie acudió a salvarla de la Biblia.

El encomio de la hija de Zeus es un texto fundacional sobre el arte de la palabra en el que se percibe claramente la fuerza de la persuasión. Es entonces cuando, desde un punto de vista histórico, se funda el debate. Siendo muchos los sofistas y retóricos que, posteriormente, desarrollarán el arte de argüir.

Fue Aristóteles, el discípulo rebelde de Platón, quien estableció definitivamente la retórica, equiparándola a la persuasión que, por medio de la palabra, depende de cuatro factores: la credibilidad, el carácter del orador, las emociones que suscita y la competencia argumentativa de este.

Esta cultura, la cultura antigua, es la que siembra la semilla de la argumentación actual. “A pesar de la persecución secular de la libertad de expresión, que a lo largo de la historia de la humanidad ocupa la mayor parte de nuestro tiempo, hemos conseguido leer, escuchar y tener diferentes opiniones e ideologías en un mismo colectivo”, afirma segura Casals. “Pero hoy estamos aquí para hablar del columnismo, definiendo la columna como una de las ramas del artículo que goza de plena libertad. El columnismo es un género rico que ha proporcionado fama a muchos de sus autores y no hay que olvidar que cada columna vale lo que valga su firma”.

Varios son los que asienten cuando sentencia que es un género capaz de aunar la excelencia literaria con las opiniones y orientado hacia un público de masas. Pero lo más importante es que la columna periodística forma una arquitectura de la seducción. Debe embargar o cautivar el ánimo de los lectores.

Durante el siglo XIX los columnistas se multiplican, conviviendo con el incipiente periodismo informativo. En España destaca Larra, quien tuvo que defenderse de las críticas de los intelectuales, que nunca vieron con buenos ojos su trabajo periodístico. En su artículo, titulado Literatura escribía: “Y no se nos diga que el sublime ingenio no hubiera nunca descendido a semejantes pequeñeces, porque esas pequeñeces forman nuestra existencia de ahora, como constituían la de entonces las comedias de capa y espada; y porque Cervantes, que las escribía para vivir cuando no se escribían sino comedias de capa y espada, escribiría, para vivir también, hoy, artículos de periódico”. Una risa sardónica escapa de unos labios anónimos tras la lectura del fragmento del escritor que sesgó su vida a los 27 años. Abandonando así una España de censura y apatía.

Para finalizar, la ponente enumeró algunos de los grandes escritores del siglo XX, como Umbral o Wenceslao Fernández Flórez. Al hacerlo recuerda una anécdota cercana que afirma haberla desgarrado. “Hace unos días vino a verme una alumna, graduada en periodismo, y, hablando con ella, me confesó que jamás había oído hablar de Umbral. Me resulta incomprensible el olvido que tenemos en este país”, pronuncia amargamente, “lo que tengo por seguro es que Umbral y otros autores, aunque sean desconocidos para algunos jóvenes, fueron un semillero a través del cual los jóvenes escritores de hoy en día podrán expresarse”.

Y es, que ser columnista es ser periodista y escritor al mismo tiempo. Y puede que la buena literatura, la vigente de cada día, haga tanta falta como el oxígeno para respirar.

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