ANDREA MARCILLA CARRANZA  |  Fotografía: Ainhoa de la Huerga  |

Día 28 de septiembre, nervios. Me levanto temprano, me visto, me ducho y salgo a ultimar los detalles del primer día. Quedo con mis amigos en un bar, en esa época en la que la hostelería no era el enemigo, y comentamos cómo ha ido la primera mañana como universitarios. Tres de la tarde, cojo el autobús y arranca la experiencia.

Un sol inusual en la fría ciudad de Valladolid. Incertidumbre. Comienza la que dicen será la mejor etapa de mi vida, ensombrecida por una pandemia mundial. Rodeada de rostros enmascarados de quienes serán mis compañeros y, quizá, mis amigos durante los próximos cuatro años. O tal vez más. Restricciones, limitaciones, geles, flechas y orden. Y entre todo eso, una mirada cómplice, porque eso de las sonrisas y los abrazos ya no se lleva.

Muchos de nosotros nos lamentamos diariamente y nos preguntamos: ¿por qué nosotros? ¿Por qué nuestro esfuerzo durante un curso lleno de lucha e incertidumbre se ha traducido en una mayor lucha e incertidumbre? Somos jóvenes dispuestos a trabajar y a disfrutar, aunque un virus nos haya cortado las alas.

A pesar de ello, continuamos a pie del cañón. Disfrutamos y reímos con cada gesto o momento que podemos compartir. Nos mostramos solidarios y comprendemos y aceptamos la situación. Estudiamos desde que sale el sol hasta que los vampiros recorren nuestras calles (una mención muy apropiada tratándose de adolescentes repletos de hormonas). Trabajamos y, aún así, sacamos tiempo para que nuestra vida social y familiar se mantengan lo más sanas posibles, dentro de este marco de angustia, dolor y limitaciones.

No. No somos el enemigo de los gobiernos ni de la sociedad, por lo que tampoco debemos ser criminalizados y condenados en masa. Debemos ser tratados y acusados igual que nuestros mayores. Sí, los datos revelan unos índices de irresponsabilidad muy elevados entre la juventud. Jóvenes que se contagian en esta ‘nueva normalidad de diversión’ y divulgan el virus como si de un hashtag se tratase.

Me atrevería a decir que somos esa parte de la población que más difícil lo tiene, especialmente aquellos que no nos identificamos como esos ‘criminales’ que dificultan el avance en sociedad y salud. ¿Cómo gestionamos la culpabilidad del empeoramiento de la pandemia? ¿Cómo lidiamos con el esfuerzo que supone la semipresencialidad, las dificultades a la hora de relacionarse o, simplemente, la conciliación de la vida personal dentro de este estrecho margen que tenemos para vivir?

Por todo ello, por la injusticias actuales e históricas, para valorar y resaltar nuestro esfuerzo, dedicación y representación en la sociedad, el 17 de noviembre se celebra el Día Internacional de los Estudiantes. Esta fecha conmemora nuestra lucha por una educación libre y reivindica nuestra figura dentro de la Comunidad Educativa.

España no es el único país que celebra esta fecha tan importante. También los estudiantes de Argentina, Bolivia y Chile (21 de septiembre), Colombia (8 de junio), Cuba (17 de noviembre), México (23 de mayo) y Venezuela (21 de noviembre). La variación de los días a lo largo del mundo se debe a los hechos que dieron origen a esta celebración. Pese a ello, comparten un mismo objetivo: rendir el homenaje que se merecen a los jóvenes estudiantes y a la lucha por sus derechos. Como ya he mencionado, no somos el enemigo. Somos un aliado más que necesita ser escuchado, respetado y valorado tal y como se merece.

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